Seattle ’99: El Grito de Desobediencia con el que nació el Movimiento Antiglobalización

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La Batalla de Seattle, ocurrida entre el 30 de noviembre y el 3 de diciembre de 1999 durante la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC), marcó un punto de inflexión en la lucha contra el capitalismo global. La movilización reunió a más de 50.000 activistas y militantes de sindicatos, movimientos ecologistas, estudiantes o grupos anarquistas en una convergencia sin precedentes que paralizó la ciudad. El objetivo era claro: desarticular el mito de la inevitabilidad neoliberal mediante acciones directas creativas.

El origen radica en la acumulación de tres décadas de políticas de ajuste estructural impuestas por el FMI y el Banco Mundial. Entre 1970 y 1990, estos organismos privatizarán servicios públicos en 127 países empobrecidos, aumentando la desigualdad social de manera estrepitosa en todos ellos. Seattle se convirtió en el punto donde explotó la indignación global, articulada por redes como Direct Action Network (DAN) que combinaron resistencia pacífica con desobediencia urbana.

La estrategia se basó en el bloqueo táctico: grupos organizados con cadenas humanas obstruyeron todos los accesos al Centro de Convenciones donde se celebraban las negociaciones. Se usaron técnicas como el lock-on (anclarse a estructuras con tubos o cadenas) y distracciones creativas, mientras sindicatos convocaban huelgas de apoyo. El éxito radicó en la diversidad táctica: desde manifestaciones hasta barricadas, desde tapiados a sabotajes, todas las acciones se coordinaron mediante procesos asamblearios horizontales preparados con meses de antelación que no tenían liderazgos visibles.

Las consecuencias fueron inmediatas: la cumbre de la OMC se suspendió por primera vez en la historia y se cancelaron 28 acuerdos de liberalización comercial. Si bien más allá de los resultados concretos, Seattle demostró que la ciudadanía organizada podía desafiar y hacer frente a poderes trasnacionales. La represión policial, con más de 600 personas detenidas y uso de pelotas de goma, gas lacrimógeno y el golpeo continuado de las personas que protestaban con porras, expuso la brutalidad estatal en defensa de las corporaciones, al tiempo que anunciaba el nuevo tiempo que se iba a abrir en occidente para defender el statu quo.

El legado más profundo fue a normalizar el sabotaje económico como herramienta cotidiana de resistencia. Las tácticas testadas en Seattle se replicaron globalmente (boicots multitudinarios como el realizado contra Nike durante la década de los 2000 por explotación laboral; okupaciones creativas de sedes bancarias durante la crisis de 2008 en diferentes países; o acciones de desconexión contra eléctricas privadas en Chile en el 2019).

En la actualidad, Seattle sigue siendo un referente para organizaciones de todo el mundo, pues marcó un punto de inflexión en el repertorio de protesta ya que probó la enorme eficacia que brota de la combinación de tácticas diversas: marchas masivas, acciones de desobediencia, alianzas intersectoriales y comunicación alternativa (Indymedia nació allí mismo en 1999). La Batalla de Seattle redefinió la legitimidad de la protesta: ya no se demandaban reformas, sino la abolición del sistema mismo.