La crisis económica argentina de 2001, fruto de dos décadas de neoliberalismo salvaje, dejó al país en ruinas. Se desmanteló el tejido industrial y se privatizaron empresas públicas. El corralito financiero congeló las cuentas, la fuga de capitales superó los 40.000 millones de dólares y las fábricas cerraron sus puertas en una sucesión de despidos masivos que empobrecieron a la población.
En este contexto de crisis y corrupción política se da también una ola de solidaridad en la que personas trabajadoras de diferentes fábricas y empresas deciden responder y tomar los medios de producción de manera autogestionada, haciéndose cargo directamente de ellos, sin patrones. Sucedió en diferentes sectores, desde la industria hasta la hostelería o el turismo, pasando por las empresas de artes gráficas. No se trató de algo asumido como consecuencia de debates ideológicos, sino como respuesta lógica y necesaria ante la urgencia. El movimiento de fábricas recuperadas nació así como una respuesta directa a la desesperación, reclamando no solo el medio de producción, sino también dignidad y democracia integral en lo laboral y la subsistencia.
Si bien existen antecedentes históricos de fábricas que pasan a autogestionarse y convertirse en cooperativas, tratándose de un proceso que comienza mucho antes en numerosos lugares del mundo, e incluso como propia herramienta de lucha temporal del sindicalismo en el país, el fenómeno se extiende tras la crisis. Este acto de rebeldía fue el germen de un movimiento que se extendería por todo el Estado y continente, y que el documental The Take (2004) convirtió en un símbolo global de resistencia al modelo económico imperante. El fenómeno se extendió y se pueden contar por cientos en toda América Latina: más de 20 en Uruguay, más de cien en Brasil, y más de 400 en Argentina.
El documental que lo refleja, dirigido por Avi Lewis y escrito por la reconocida activista y autora Naomi Klein, es una producción canadiense de 87 minutos que se presentó por primera vez en septiembre de 2004.
La narrativa, a cargo de la propia pareja, sigue la lucha de los trabajadores de La Forja, pero también se detiene en los casos de la textil Brukman y de la cerámica Zanon. Bajo los lemas «Despide al jefe» y «Ocupar, resistir, producir», el documental construye un relato que va más allá de la simple crónica para convertirse en un manifiesto económico y social contra las recetas del Fondo Monetario Internacional y las políticas de privatización impulsadas durante la década de Menem y el neoliberalismo en general.
The Take retrata también con crudeza la batalla judicial y legislativa que los trabajadores tuvieron que librar para legalizar sus cooperativas.
El documental muestra cómo, contra todo pronóstico, consiguieron poner en marcha las máquinas y producir con sus propios medios, convirtiendo la fábrica en un espacio de autogestión obrera. La película destaca la solidaridad entre las distintas fábricas y el apoyo vecinal, como en el caso de Zanon, después renombrada como Fasinpat (de “fábrica sin patrón”), donde la comunidad salió en defensa de los trabajadores frente a órdenes de desalojo.
El legado del filme trasciende su propia duración. The Take no solo documentó un fenómeno, sino que sirvió de inspiración para movimientos similares en otros países, demostrando que la autogestión obrera es posible incluso en los contextos económicos más adversos y que la democracia puede ejercerse desde abajo.