Conceptos Clave. La huelga.
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La huelga es un instrumento de presión de la clase trabajadora tan antiguo como la propia explotación laboral. La interrupción colectiva y temporal de la actividad productiva decidida por los trabajadores con el fin de reivindicar mejores condiciones laborales o manifestar una protesta frente a la empresa, es un mecanismo ya normalizado en el imaginario social colectivo. La historia de la huelga es una crónica de la lucha de la clase obrera por su dignidad, por sus derechos y por una sociedad más justa.

La primera huelga documentada de la historia tuvo lugar hacia el 1152 ANE en el Antiguo Egipto, durante el reinado de Ramsés III. Los artesanos de Deir el-Medina, que construían las tumbas reales, dejaron de trabajar porque no habían recibido su salario, que se pagaba en alimentos. Su protesta fue exitosa y consiguieron cobrar lo que se les debía. En la Grecia antigua se registraron protestas de artesanos y marineros por cuestiones salariales, aunque no se organizaban como las huelgas modernas. Por su parte, en la Roma antigua se produjo un hecho que no era exactamente una huelga laboral, pero sí una forma de presión colectiva muy eficaz: la secessio plebis («retirada de la plebe») que, a partir del siglo V ANE, hizo que la plebe abandonase la ciudad o dejase de cumplir con sus obligaciones para presionar a la clase patricia y alcanzar derechos políticos y sociales.

En la Edad Media, la sociedad estaba organizada en torno al sistema feudal, por lo que la mayor parte del campesinado dependía de un señor feudal y tenía poca capacidad para organizar huelgas, aunque sí fueron numerosas las revueltas campesinas, casi siempre motivadas por el exceso de impuestos, las cargas feudales o el hambre. Si bien en las ciudades, el artesanado, que estaba agrupado en gremios, en ocasiones realizaba paros o protestas cuando había conflictos por salarios, impuestos o condiciones de trabajo, aunque solían ser limitados y normalmente se resolvían dentro del propio gremio.

Con la llegada de la Revolución Industrial (s. XVIII-XIX), la clase trabajadora estuvo sometida a condiciones extremas (jornadas de más de 12 horas, salarios miserables, trabajo infantil…). Ante esta situación aparecieron protestas espontáneas como la destrucción de maquinaria por parte del ludismo, pero en poco tiempo la clase obrera comprendió que la huelga era una herramienta mucho más efectiva. A pesar de desarrollarse un marco legal que prohibía expresamente la organización obrera, que se consideraba un delito penal, surgieron asociaciones obreras de ayuda mutua que articularon las primeras huelgas sectoriales.

Ya en la segunda mitad del siglo XIX, el anarquismo y el socialismo conferirán a las reivindicaciones un carácter revolucionario. La Primera Internacional (1864) impulsará la unión obrera mundial acogiendo en su seno dos posiciones confrontadas: el marxismo era partidario de organizarse en un partido para conquistar el Estado, y el anarquismo era partidario de una revolución inmediata contra todas las instituciones estatales.

El 1º de mayo de 1886 se iniciaron una serie de protestas por la jornada de ocho horas que tuvieron su punto álgido en la denominada revuelta de Haymarket, que provocó una fuerte represión policial y que acabó con varios dirigentes ejecutados por el Estado. Estos serán conocidos como los «Mártires de Chicago» y la revuelta de Haymarket será el hecho que empleó en 1889 la Segunda Internacional para declarar esa fecha como jornada anual de la lucha obrera.

El siglo XX comenzó con huelgas masivas por la jornada de ocho horas, como la de 1919 en Winnipeg (Canadá). Las huelgas generales paralizaron ciudades enteras, como la de 1926 en el Reino Unido. Durante la Gran Depresión, los movimientos obreros ganaron fuerza, pero se enfrentaron a empresarios como Ford, que contrataban matones y espías mientras realizaban despidos fulminantes, y que acabaron por desembocar en procesos de represión brutal como fueron la matanza de Ludlow (1914, EE.UU.) o la masacre de Ponce (1937, Puerto Rico). Tras la II Guerra Mundial, las huelgas contribuyeron a la expansión del Estado de bienestar: vacaciones pagadas, seguros de desempleo y pensiones.

En los años 60-70, las huelgas se orientaron hacia reivindicaciones políticas y sociales, más allá de lo estrictamente laboral. El Mayo francés del 68 ejemplifica esta época, con huelgas generales que mezclaban estudiantado y trabajadores, y cuestionaban el capitalismo, el autoritarismo y la sociedad de consumo. Con la globalización y los procesos de desindustrialización occidental desde finales del s. XX, seguirán desarrollándose huelgas tradicionales, pero también surgirán nuevas formas de huelga (huelgas de consumo, huelgas feministas, huelgas climáticas, huelgas generales…).