En octubre de 2020, en plena convulsión social y política, se estrenó «El juicio de los 7 de Chicago», un filme que rápidamente destacó para la crítica y que contó con seis nominaciones a los premios Óscar, incluida la de mejor película. El realizador Aaron Sorkin recogió el testigo de un proyecto que Steven Spielberg concibiera más de una década antes y construyó una alegoría trepidante sobre la justicia y la disidencia en una América dividida.
La película, con Sacha Baron Cohen, Eddie Redmayne, Yahya Abdul-Mateen II, Mark Rylance y Frank Langella, se sitúa en el centro del proceso judicial que tuvo lugar en Chicago en el otoño de 1969 contra siete activistas anti-Vietnam, acusados por la administración Nixon de conspirar para cruzar fronteras estatales con la intención de incitar disturbios durante la Convención Nacional Demócrata de 1968 en Chicago. El filme de Sorkin no se limita a narrar los hechos de un caso que trascendió ampliamente el ámbito legal para convertirse en un espejo de las hirientes divisiones que atravesaban el país. La película articula una obra moral que expone las tensiones entre el activismo y la represión estatal, centrándose en la parcialidad del juez Julius Hoffman y en el absurdo de un proceso judicial instigado por la nueva administración de Richard Nixon bajo su promesa de «ley y orden», que estuvo marcado desde el inicio por una clara motivación política que transformó la sala en un escenario de confrontación. La magistratura del juez Julius Hoffman, un hombre de 74 años, simbolizaba el «establishment», mientras que los acusados (David Dellinger, Rennie Davis, Tom Hayden, Abbie Hoffman, Jerry Rubin, John Froines, Lee Weiner y, originalmente, Bobby Seale) representaban los nuevos movimientos que pretendían enfrentarse al statu quo.
El 18 de febrero de 1970, el jurado absolvió a todos los acusados del cargo de conspiración, pero declaró culpables a cinco de ellos de cruzar fronteras estatales con la intención de incitar disturbios; Froines y Weiner fueron absueltos de todos los cargos. El juez Hoffman condenó a los cinco a cinco años de prisión y a una multa de 5.000 dólares, además de sentenciar por desacato a los acusados y a sus abogados. Sin embargo, en 1972, el Tribunal de Apelación del Séptimo Circuito anuló todas las condenas, citando la parcialidad del juez y su «actitud desdeñosa y antagónica» hacia la defensa, lo que convertía el proceso en una farsa judicial.
La adaptación, aunque fiel al espíritu del histórico «Chicago Seven Trial», no está exenta de licencias dramáticas que edulcoran la violencia policial así como el episodio del amordazamiento del pantera negra Bobby Seale, quien compareciera inicialmente como el octavo acusado, pero que luego fue apartado. Sin embargo, Sorkin utiliza el juicio como vehículo para explorar dilemas éticos atemporales: el derecho a protestar, la manipulación política de la justicia y el conflicto entre la conciencia individual y la autoridad del Estado, en un relato que, lejos de ser un simple ejercicio de nostalgia de los años sesenta, resuena con fuerza en la polarizada actualidad.
Más que una crónica histórica, «The Trial of the Chicago 7» es un manifiesto cinematográfico sobre la necesidad de recordar que las instituciones, cuando se instrumentalizan, se convierten en herramientas de represión y en una maquinaria perfectamente engrasada para anular derechos y libertades.