Imperialismo. Evolución histórica: Breve repaso desde los imperios antiguos hasta el siglo XIX
con No hay comentarios

La necesidad de comprender las formas de dominación que han existido a lo largo de la historia llevó a definir en «Imperialismo. Definición de conceptos. Diferencias entre imperio, imperialismo, colonialismo y neocolonialismo» varios conceptos clave, dando inicio a esta serie de artículos sobre el imperialismo. En esta segunda entrada, se realizará un repaso histórico para conocer los principales imperios que han existido a lo largo de la historia.

Los primeros imperios de la historia surgieron en Mesopotamia, con el Imperio acadio (ca. 2334–2154 a. e. c.), y algo más tarde también en Egipto, con el Imperio Nuevo de Egipto (ca. 1580–1085 a. e. c.). Estos primeros imperios eran regionales porque su extensión territorial y su alcance administrativo se limitaban a una única región geográfica y cultural (Mesopotamia o el valle del Nilo).

Sin embargo, el primer imperio a gran escala será el Imperio aqueménida de Persia (ca. 550–330 a. e. c.). Bajo Darío I alcanzó su período de máxima expansión territorial. Así, fue el primer imperio en alcanzar una escala continental y multicultural, abarcando unos 5 millones de kilómetros cuadrados (aproximadamente la mitad de la superficie de Europa) y decenas de pueblos diferentes. Aunque las cifras varían, Darío gobernó sobre unos 50 millones de personas, el 44 % de la población mundial del momento, lo que constituye el récord histórico de «imperio más grande por porcentaje de población mundial».

La clave de su éxito estuvo en la creación de las satrapías: provincias gobernadas por sátrapas responsables ante el rey, pero con considerable autonomía local. La lengua administrativa común fue el arameo y la moneda estándar el dárico de oro. Además, creó un sistema de carreteras y mensajería que permitía conectar de manera ágil el centro de poder con las zonas periféricas. Otro elemento clave fue la tolerancia religiosa hacia los pueblos conquistados. Las satrapías pagaban tributos al gobierno central, que además dominaba las rutas comerciales. Este equilibrio entre el poder central y el resto de las regiones fue fundamental para la estabilidad del imperio, marcando las claves para otros que vendrían más tarde.

El final del Imperio persa llegó con la expansión del Imperio macedonio liderado por Alejandro Magno en el período 336-323 a. e. c. Bajo su gobierno, el imperio alcanzó su máxima expansión con la conquista del Imperio persa. Sin embargo, su duración fue breve, pues tras la muerte de Alejandro a los 33 años, las luchas por el poder desestabilizaron el imperio.

El Imperio romano (27 a. e. c.-395 e. c. [unificado]; 395-476 e. c. [Occidente]; 395-1453 e. c. [Oriente]) en su apogeo, bajo Trajano, abarcaba desde el Atlántico hasta Mesopotamia. En ese momento, hacia el 117 e. c., tenía una extensión de unos 5 millones de kilómetros cuadrados y gobernaba sobre una población estimada de entre 50 y 60 millones de personas (alrededor del 20 % de la población mundial de la época según estimaciones). El latín en Occidente y el griego en Oriente servían como lenguas administrativas, mientras el denario y el sólido circulaban como monedas imperiales. La división del 395 y la caída de Roma en Occidente en 476 marcaron el fin de una era, aunque el Imperio bizantino sobrevivió hasta 1453.

El Califato omeya (661-750 e. c.) llegó a ocupar casi 15 millones de kilómetros cuadrados y a gobernar sobre unos 62 millones de personas (aproximadamente el 29 % de la población mundial). Fue el primer califato hereditario del islam. Su capital estaba en Damasco (Siria), y en él se produjo una importante expansión territorial hacia el oeste (Península Ibérica, norte de África) y hacia el este (Persia, Asia Central, valle del Indo).

El Califato omeya fue sustituido por el Califato abasí (750-1258), que vivió su época más próspera en el período 786-809 e. c. Fundado en 750 tras una revuelta contra los omeyas, trasladó la capital a Bagdad (Irak). Su época de máximo esplendor coincidió con una edad de oro de la ciencia, la filosofía y las artes, con contactos culturales y comerciales con Europa, la India y China. A continuación comenzaría la decadencia, que terminaría con la invasión de los mongoles en 1258, cuando Bagdad fue destruida.

El Imperio mongol (siglos XIII–XIV) fue fundado por Gengis Kan, quien estuvo al mando durante el período 1206-1227. Tras su muerte, continuó su expansión, llegando a convertirse en el mayor dominio terrestre de la historia (entre los imperios constituidos por territorios continuos). Alcanzó los 24 millones de kilómetros cuadrados, albergando aproximadamente 110 millones de habitantes, alrededor de una cuarta parte de la población mundial.

El Imperio otomano (1299–1922) fue uno de los más duraderos, con presencia en tres continentes: sureste de Europa, Asia occidental y norte de África. Alcanzó su máxima expansión en 1683 con 5,2 millones de kilómetros cuadrados y una estimación de unos 24 millones de personas, aproximadamente el 4 % de la población mundial según estimaciones. Su declive se inició en el siglo XVIII, culminando con su desintegración tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

El Imperio español (s. XV-s. XX) alcanzó su máxima expansión en 1790 con más de 20 millones de kilómetros cuadrados y 60 millones de habitantes, aproximadamente el 6 % de la población mundial. Fue el primer imperio global de la historia, pues bajo los Habsburgo (Carlos I y Felipe II) abarcó territorios en América, Europa, Asia (Filipinas) y África. Su posición como potencia global comenzó a declinar tras la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y, sobre todo, con la independencia de las colonias americanas en el siglo XIX (guerras de independencia, 1810-1830). La independencia de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898 marcó su fin como imperio colonial, aunque abandonaría su última colonia, el Sáhara Occidental, en el año 1976.

El Imperio británico (s. XVI-s. XX) alcanzó su máxima expansión en 1920, momento en el que abarcó unos 35 millones de kilómetros cuadrados y casi una cuarta parte de la población mundial. El Imperio británico combinó el dominio formal (colonias administradas directamente) con el dominio informal, ejercido mediante bancos, compañías y tratados desiguales en regiones independientes. La libra esterlina funcionaba como moneda de referencia mundial, y la Royal Navy garantizaba el control de las rutas marítimas. El proceso de descolonización comenzó tras la Segunda Guerra Mundial (1947: independencia de la India), y hoy sobrevive como Mancomunidad de Naciones (Commonwealth). Aún permanecen bajo soberanía británica catorce territorios de ultramar, la mayoría de los cuales figuran en la lista de territorios pendientes de descolonización de la ONU.

El imperialismo se transformó radicalmente en el siglo XIX con la irrupción de la Revolución Industrial y el auge del capitalismo. Ya no se trataba solo de conquista territorial, sino de una fase monopolista del capitalismo en la que la exportación de capitales, la fusión del capital industrial y financiero y el expolio de los recursos de las colonias se convirtieron en motores de la expansión.

 

El Imperio ruso (1721-1917) fue uno de los mayores imperios de la historia en extensión territorial. Fundado oficialmente por Pedro I el Grande en 1721, cuando el Senado le otorgó el título de emperador, el imperio surgió del antiguo Zarato de Moscovia y se expandió hasta convertirse en un vasto dominio que abarcaba Europa oriental, Asia septentrional e incluso América del Norte (Alaska). En su apogeo, hacia 1895, alcanzó los 22,8 millones de kilómetros cuadrados, lo que suponía aproximadamente un sexto de las tierras emergidas del planeta. Según el censo de 1897, la población ascendía a 128,2 millones de personas, con una gran diversidad étnica (más de 100 grupos, de los cuales los rusos representaban el 44 %). Su capital fue San Petersburgo (rebautizada como Petrogrado en 1914). El imperio se caracterizó por una monarquía autocrática hereditaria encabezada por el zar, que controlaba también la Iglesia ortodoxa rusa, y por una estratificación social rígida. Su desintegración culminó con la Revolución de Octubre de 1917, que puso fin al régimen imperial.

La evolución de los imperios revela una progresión desde estructuras de dominación regional hacia un sistema global de competencia entre potencias. Cada época estuvo dominada por unos mecanismos que fueron evolucionando. Durante siglos estuvieron caracterizados por un poder directo centralizado, que imponía una lengua administrativa, una moneda y el pago de tributos, administraba las conexiones entre regiones (rutas terrestres/marítimas y mensajería) y dominaba las rutas comerciales. La estabilidad del sistema dependía de gobernantes locales que administraban las distintas regiones. Este sistema evolucionó en los últimos siglos. A partir del siglo XIX, una combinación de control territorial, financiero y comercial configuró el mundo contemporáneo.


Fuentes