La derrota total del trumpismo, el nacimiento de un nuevo ciclo político
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A falta de las verificaciones definitivas, los resultados de las elecciones de medio mandato en Estados Unidos representan una derrota aplastante y sin paliativos para Donald Trump y su agenda reaccionaria. La conquista demócrata de la Cámara de Representantes y del Senado no es un simple ajuste institucional, sino la fotografía de una respuesta popular masiva contra un Gobierno claramente marcado por la brutalidad, tanto interna como en política exterior, la corrupción y un talante antidemocrático con tintes filofascistas. Si bien el resultado no debe asumirse como una victoria de las élites demócratas, sino como un proceso de cambio de base popular para frenar el autoritarismo que aspira a reconstruir las bases de una sociedad más justa, tanto dentro como fuera de las fronteras estadounidenses.

La primera consecuencia de la derrota de Trump se traduce en una victoria de carácter defensivo, pues a partir de enero, la agenda legislativa de la extrema derecha morirá en el Congreso sistemáticamente. Además, la nueva mayoría demócrata tendrá el poder de citar e investigar. Está por ver cuál será la estrategia demócrata, pero ahora cuentan con plena capacidad para iniciar el proceso de impeachment en la Cámara de Representantes, aunque al no tener una mayoría de dos tercios en el Senado no tienen asegurado llevar ese proceso a buen puerto. El contexto y las declaraciones previas de diferentes figuras del partido permiten prever una posición de más cautela sobre la posibilidad de desarrollar un tercer impeachment inmediato (para no repetir los errores de 2019 y 2020), orientando su estrategia hacia la asfixia institucional del trumpismo a través de un cerco judicial y parlamentario abrumador. Parece claro que el partido demócrata buscará desmantelar la red de corrupción de la familia Trump y, especialmente, buscará responsabilizar y desgastar a diversas figuras clave del gobierno trumpista como el secretario de Defensa, Pete Hegseth, por la desastrosa gestión de la guerra.

Uno de los puntos más críticos de la agenda interna es la política migratoria. La administración Trump estaba presionando al ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) para realizar hasta 3.000 arrestos diarios, en una espiral de violencia que dejó varias personas muertas en diversas ciudades y que se tradujo en un clima de terror a lo largo de todo el territorio de Estados Unidos. La fuerte movilización popular y la respuesta social contribuyeron de forma clara a la derrota republicana, enviando una clara señal de que la política racista de persecución contra las clases trabajadoras tiene un alto coste político. Será una posición prácticamente segura que un Congreso de claro dominio demócrata limitará los fondos y exigirá responsabilidad por las operaciones paramilitares del ICE, frenando la maquinaria xenófoba y racista de deportación masiva.

Otro de los puntos que tienen una fuerte oposición es la persecución política de las personas opositoras por parte de la administración Trump. Parece que la política de carácter macartista que inició el trumpismo buscando perseguir las posiciones relacionadas con las ideologías de izquierda y la disidencia tocará a su fin. El pasado mes de julio, 66 países estuvieron presentes en Washington para participar en una cumbre internacional que buscaba combatir el «terrorismo de extrema izquierda» y la actividad de redes como «Antifa». Esta cumbre marcaba el inicio de una nueva forma de entender el combate de la disidencia, pues las organizaciones de izquierda pasaban a ser uno de los tres tipos de terrorismo para Estados Unidos (junto al yihadismo y el narcotráfico), y las autoridades estadounidenses se arrogaban la capacidad de intervenir y detener en terceros países a quien fuera. Esta línea política parece que tiene sus días contados después de que demócratas de diferentes corrientes dentro del partido mostrasen su firme oposición y criticasen duramente tanto el evento en sí como la violación de derechos y libertades que el mismo suponía.

En lo referido al plano internacional, las consecuencias son similares, pues la capacidad de actuación en la política exterior de Trump, basada en la amenaza y la guerra, queda severamente limitada. La guerra contra Irán fue uno de los principales motivos del desastre electoral republicano, tanto por el coste en vidas como por la inflación del petróleo que provocó. Tal y como había sucedido décadas atrás con Vietnam, la mayoría demócrata probablemente orientará su línea de actuación a cortar la financiación de la guerra. Esto se traduciría en la apertura de un proceso de desescalada real y de retorno a la diplomacia, aunque hay muchas posibilidades de que Trump recurra a acelerar una aventura militar para poder condicionar la gestión del conflicto bélico con el país persa. Derivado de esto, parece que los países del Golfo respiran aliviados ante la perspectiva de que se pueda frenar o desescalar el conflicto en la región. En menor medida también habrá un cambio de escenario para la situación con Cuba, pues la escalada de la estrategia de asfixia quedará en parte bloqueada. El partido demócrata, más que sensible a los intereses de ciertos sectores contrarios a la revolución cubana en Florida, también cuenta con una base social claramente posicionada contra las políticas crueles y genocidas establecidas por el gobierno trumpista, por lo que es muy probable que limite la capacidad de Trump de escalar militarmente o de imponer sanciones más duras. Con todo, debe tenerse en cuenta que desde Washington no se levantará el bloqueo de forma unilateral, y lo único que sí podrá producirse es una etapa de «negociación de baja intensidad» donde La Habana seguirá siendo víctima de una política exterior genocida por parte de Estados Unidos. En referencia a China, parece que, con la llegada del dominio del partido demócrata en las dos cámaras, el impacto directo sobre las relaciones y dinámicas con el país asiático será limitado. La política hacia Pekín es un consenso de estado entre los dos partidos de la cámara de representantes. Aunque Trump pudiese buscar acuerdos rápidos para poder presumir de «éxitos diplomáticos», parece que es una vía muerta, pues cualquier concesión que haga alguna de las dos partes al país asiático provocará «ruido» y «munición política» para la bancada contraria.

Por otra parte, los resultados obtenidos por Trump en las Midterms de este 3 de noviembre tienen graves consecuencias para sus aliados. Europa, que si por algo destaca desde el fin de la 2ª Guerra Mundial, pero sobre todo desde la llegada del trumpismo al poder, es por la sumisión total y la asunción de su rol de colonia de Estados Unidos, se encuentra en una encrucijada. Los países europeos y, especialmente los organismos de la UE, se encuentran aterrorizados, pues temen que un Trump humillado y «herido» descargue su furia sobre la OTAN exigiendo un mayor gasto en defensa para contentar a sus bases. En cuanto a Israel, el Gobierno de Netanyahu (ya de por sí en una situación de debilitamiento tras el resultado electoral del pasado 27 de octubre) queda en una posición incómoda, pues pierde a su incondicional aliado en la Casa Blanca, mientras el control bicameral del partido demócrata, completamente alineado con las tesis de Israel durante décadas pero con un fondo rechazo en su base social por el genocidio palestino en los últimos tiempos, puede producir un bloqueo de la financiación y de la participación en las operaciones militares israelíes y exigir un mayor respeto al derecho internacional.

La derrota aplastante de Trump no es un hecho aislado, sino una muestra más del retroceso que está sufriendo la «ola» de la extrema derecha global en los últimos años. El modelo de nacionalismo, xenofobia y gobierno antidemocrático que representa el trumpismo está viviendo un proceso de respuesta social sin precedentes que se empieza a traducir en reveses electorales en varios países. El presidente brasileño Lula da Silva se impuso en el balotaje a Jair Bolsonaro, la Lista de Estudiantes en Serbia venció al aliado de Trump, Aleksandar Vučić, al tiempo que los liberales y centroizquierdistas de Canadá y Australia lograron frenar ofensivas populistas de estilo trumpista. La propia derrota de Trump, como derrota de la figura más emblemática de esta ola, tiene una significación simbólica que trasciende las fronteras de Estados Unidos, e indica que las posiciones y redes internacionales de extrema derecha están perdiendo fuerza y espacio político. Debe tenerse en cuenta que las diferentes fuerzas y organizaciones que impulsan la agenda ideológica de la extrema derecha están ya trabajando para la «era post-Trump», intentando institucionalizar su influencia y garantizar la supervivencia del illiberalismo más allá de la vida política de líderes concretos.

Las fuerzas progresistas y democráticas deben aprovechar esta situación para acelerar la organización y la movilización, convirtiendo el avance de los resultados electorales en impulso para un cambio estructural. La situación brasileña ofrece el caso más directo para entender el efecto dominó de la derrota de Trump. La victoria de Lula crea un vacío de liderazgo en la extrema derecha brasileña (Jair Bolsonaro está en prisión y su hijo Flavio marchó a Estados Unidos tras las elecciones) mientras la coalición de izquierdas gana espacio político para avanzar en su agenda social. Este resultado, unido a la derrota de Trump con la correspondiente merma futura de la capacidad de Washington de imponer golpes blandos o sanciones unilaterales, provoca que en Latinoamérica las fuerzas y gobiernos progresistas se sientan reforzados para abordar una nueva etapa donde reconquistar el espacio perdido. Para Argentina esto significa que pierde en Washington a su aliado ideológico más fiable y que, por lo tanto, el respaldo político y la asistencia financiera extraordinaria del trumpismo cambiarán su realidad, que será mucho más difícil de obtener con un Congreso controlado por los demócratas y que, al mismo tiempo, ahondará en el aislamiento internacional de Milei.

El foco ahora pasa a estar en las elecciones españolas del 29 de noviembre, donde la derrota de Trump remodela el escenario electoral pues debilita directamente la posición de Vox, que abrazó públicamente el trumpismo y lo presentó como modelo internacional, e indirectamente al PP, que tiene una posición atlantista y absolutamente sometida a Washington y a la línea marcada por el partido republicano. Una nueva derrota del trumpismo en el escenario español, que hasta la gran movilización social por la vivienda daba casi por segura una victoria conservadora con un gobierno de coalición conformado por la derecha y la extrema derecha, supondría la confirmación definitiva hacia una nueva tendencia global que se aleja de las posiciones de extrema derecha. No obstante, la derrota no significa que el trumpismo se vaya a retirar pacíficamente (como ya demostró en el asalto al Capitolio en 2021), sino que buscará acelerar procesos e incrementar la tensión y la polarización social con el fin de laminar la democracia. Después de una década marcada por la resistencia, la tarea de la izquierda ahora es presionar y multiplicar su respuesta para poder avanzar en libertades y derechos, con el objetivo fijado en la eliminación definitiva del espacio público de las voces, fuerzas y organizaciones de extrema derecha. Le toca volver a conquistar el sentido común. Toca que el antifascismo vuelva a ocupar cada centímetro de la sociedad.