El 12 de agosto de 1975, hace hoy 51 años, el régimen fascista, ya en agonía pero tan sanguinario como siempre, asesinaba a sangre fría una de las conciencias más lúcidas de la clase obrera gallega. Franco moriría meses después, pero Moncho Reboiras no llegaría a verlo. No pidió clemencia ni se escondió: enfrentó la dictadura con la herramienta de la organización sindical. Su verdadera subversión, más allá de la leyenda armada, fue tejer el Sindicato Obrero Gallego (SOG), embrión de la actual CIG, una estructura colectiva que el franquismo intentó inútilmente acuchillar.
Nacido en una familia labriega en Dodro y criado en el hervidero obrero de Teis, en Vigo, Reboiras aprendió que la explotación laboral y la opresión nacional eran dos caras de la misma moneda. De la mano del Padre Seixas y de Méndez Ferrín, y con solo 19 años en la UPG, se alzó contra un sistema que condenaba a los gallegos a la miseria y a la sumisión. Su habilidad para organizar la resistencia hizo temblar tanto a la patronal como a la policía política, que enseguida lo pusieron en el punto de mira.
La histórica huelga de 1972 en Vigo lo marcó en carne viva. La persecución brutal, con registros y amenazas constantes, no lo amedrentó; lo lanzó a recorrer el territorio en su Seat 600, peleando fábrica a fábrica contra el sindicalismo vertical del régimen. Reboiras no contemporizaba con la dictadura: construía poderes propios para derribarla. Impulsó el boicot a las elecciones fraudulentas del Sindicato Vertical y dio forma a un sindicalismo nacional y de clase que rompía la hegemonía franquista en el movimiento obrero.
La cultura gallega fue para él el otro gran eje de combate. Coordinó el Frente Cultural Gallego para convertir la lengua y el arte en trincheras de dignidad en un país asediado. Cuando la Brigada Político Social lo acorraló en Ferrol, Reboiras tuvo el camino despejado para huir, pero eligió proteger la retirada de sus compañeros antes que su propia vida. Acorralado en el portal de la calle da Terra, lo abatieron a traición por detrás, a escasos centímetros. No fue un «disparo al aire» fortuito: fue una ejecución premeditada y cobarde. Moncho Reboiras cayó con 25 años, pero su huella, viva en el sindicalismo combativo, sigue siendo un alfiler clavado en la memoria silenciada de la resistencia antifascista.