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El sentido común de una sociedad no es una realidad neutral ni ajena a las relaciones de poder, sino un espacio de disputa donde se define aquello que se considera normal, aceptable o inevitable. Los cambios políticos profundos suelen ir precedidos por transformaciones en la percepción colectiva, en las que determinadas ideas consiguen penetrar en los grupos humanos hasta modificar sus criterios de justicia, autoridad o pertenencia. Este proceso permite comprender cómo movimientos de ultraderecha que buscan la destrucción de la sociedad misma pueden llegar a presentarse como opciones legítimas y cómo las masas pueden asumir nuevos marcos de interpretación de la realidad. Analizar la transformación del sentido común es, por tanto, analizar también los mecanismos sociales, culturales y políticos que hacen posible la aceptación de determinadas formas de poder.
Quizás la primera parada exige detenerse en el concepto de hegemonía de Antonio Gramsci. El sardo definió que la clase dominante ejerce su poder no solo por la fuerza (coerción), sino también a través del consenso. Este consenso se consigue difundiendo su propia visión del mundo, su moral, costumbres y valores, que se convierten en el «sentido común» de la sociedad. Este «sentido común», por tanto, no es innato ni neutral, sino que es una construcción ideológica que favorece el reconocimiento de la dominación de la clase hegemónica por el resto de la sociedad, a través de diversas instituciones (escuela, iglesia, medios de comunicación…) que fabrican y sostienen este sentido común, haciendo que el orden social vigente parezca natural e inevitable.
El sentido común se conforma por lo que configura la identidad social del individuo. El Enfoque de la Identidad Social indica que la identidad de las personas no proviene solo de su biografía personal, sino también de su pertenencia a grupos sociales (nación, clase social, religión, aficiones, etc.). Este enfoque se estructura alrededor de tres procesos psicológicos interconectados:
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Categorización Social. Las personas tienden a clasificar el mundo en «nosotros» (endogrupo) y «ellos» (exogrupo) para simplificar la realidad. Esto les ayuda a saber cómo deben comportarse y qué deben esperar de las demás.
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Identificación Social. Las personas asumen la identidad del grupo al que pertenecen. Esto significa que interiorizan sus normas, valores y emociones. Cuanto más fuerte es la identificación, más se perciben como una extensión del grupo.
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Comparación Social. Todas las personas se comparan con los otros grupos. Para mantener una autoestima positiva, necesitan que su grupo sea valorado como superior o, cuando menos, legítimo en comparación con los demás. Si su grupo es percibido como inferior, se les genera una sensación de malestar y buscan estrategias para mejorar su posición.
Un concepto crucial dentro del Enfoque de la Identidad Social es el de identidad social de los efectos de la desindividuación. Este refuta la idea de Le Bon de que en la masa las personas pierden la identidad. Así pues, esta teoría demuestra que, en contextos de grupo, el individuo no pierde su identidad, sino que la cambia. Pasa de actuar como «yo» a actuar como «nosotros». Esto no implica irracionalidad, sino que su conducta se ajusta a las normas específicas de ese «nosotros».
Así pues, la ultraderecha ofrece una identidad social poderosa y atractiva a aquellos individuos que se sienten amenazados o vulnerables. La ultraderecha crece en contextos de cambios sociales acelerados (globalización, crisis económica, cambios de valores…) que suponen una amenaza a la identidad de su grupo tradicional (la nación, la clase obrera…). Para fortalecer la unidad, los miembros del grupo tienden a percibirse como más homogéneos entre ellos de lo que realmente son («todxs pensamos igual»). La ultraderecha explota esto creando un «nosotros» monolítico y positivo («el pueblo», «los de verdad»), frente a un «ellos» también homogéneo y malvado. Esta simplificación reduce la ansiedad que provoca la complejidad y ofrece una sensación de certeza y pertenencia muy reconfortante que empodera a la persona. El individuo se identifica pues con su grupo y vive dentro de una «burbuja» de sentido común que le da seguridad, pero que también lo ciega a las realidades que no encajan con él. Incluso cuando el sentido común de un grupo se desalinea con los hechos objetivos (como ocurre por ejemplo con las teorías de la conspiración), la persona no lo ve como un error, sino como una prueba más de que «el sistema» conspira contra ella.