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En el verano de 1968, los Estados Unidos de América acogieron numerosas protestas contra la guerra de Vietnam que fueron fuertemente reprimidas. Algunas ocurrieron en Chicago en el mes de agosto, en el marco de la convención del Partido Demócrata para elegir a un nuevo candidato. Martin Luther King y Robert Kennedy habían sido asesinados y miles de manifestantes salían a las calles para exigir la retirada de las tropas norteamericanas de Vietnam.

La respuesta policial dejó cientos de heridos y unos 600 detenidos. El conservador gobierno de Richard Nixon, con su promesa de «ley y orden», decidió dar un ejemplo y acusó a ocho activistas. Con el objetivo de criminalizar la protesta, fueron acusados bajo la nueva Ley Antidisturbios de 1968.

Los entonces denominados «Ocho de Chicago» representaban una amplia coalición de la disidencia. Entre ellos estaban los líderes estudiantiles Tom Hayden y Rennie Davis, los fundadores del movimiento «Yippie» Abbie Hoffman y Jerry Rubin, el veterano pacifista David Dellinger, y el líder de los Black Panthers Bobby Seale. El juicio contra este último sería posteriormente declarado nulo por la fiscalía, ante las flagrantes vejaciones y trato parcial por parte del juez, negándole la defensa y llegando incluso a dar orden de que fuera atado a la silla.

Numerosas personalidades públicas del momento fueron llamadas como testigos, convocando manifestaciones y esparciendo diversas ideas antiautoritarias y antirrepresivas. Fue un proceso mediático que llamó la atención de los medios de comunicación de la época y con el que muchas personas empatizaron.

Los siete acusados resultaron no culpables, quedando dos de ellos completamente absueltos. Más tarde, el proceso fue declarado nulo y las penas fueron revocadas. La importancia histórica del caso reside en esta anulación por la parcialidad y hostilidad del juez.

El proceso se convirtió así en un símbolo de la lucha por la libertad de expresión, demostrando que, pese a los abusos de poder, a veces la justicia podía acabar imponiéndose.