Sabotaje: acción directa y empoderamiento contra el poder
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Se entiende por sabotaje la destrucción deliberada de bienes materiales o la disminución intencionada del rendimiento laboral con el propósito de perjudicar una empresa, un sistema económico o una estructura de poder. El origen de la palabra, que se relaciona con una huelga de ferroviarios en la Francia del año 1910, que bloqueaban las vías del tren, apunta ya a su vínculo con la lucha laboral. Fue empleada también por los luditas, trabajadores textiles de Nottingham en campañas contra la maquinaria que sustituía su fuerza de trabajo.

La historia del sabotaje como estrategia de resistencia organizada se remonta al movimiento obrero de comienzos del siglo XX. Los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) la definieron como la «retirada colectiva de eficiencia» en el punto de producción, una táctica que consistía en disminuir el ritmo de trabajo o realizar las tareas de manera deliberadamente ineficiente. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Resistencia de Hierro, ferroviarios franceses con el apoyo del Ejecutivo de Operaciones Especiales británico, convirtió el sabotaje de vías, puentes y fábricas en una herramienta clave para retrasar el esfuerzo de guerra alemán. También fue posible ver proyectiles saboteados por obreros de fábricas de armas en la Guerra Civil española, en los que inscribían mensajes de solidaridad.

Un ejemplo también paradigmático es el de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica por parte de Umkhonto we Sizwe, o «la lanza de la nación» en gallego, cuando después de la masacre de Sharpeville, Nelson Mandela y otros líderes concluyeron que la vía no violenta estaba agotada. En las palabras del propio Mandela, el sabotaje «no implicaba pérdida de vidas y ofrecía la mejor esperanza para las futuras relaciones raciales».

Con la evolución de los movimientos sociales, surgieron nuevas modalidades. La ecosabotaje o «monkeywrenching» (de llave inglesa, en inglés), inspirada en la novela The Monkey Wrench Gang, fue adoptada por grupos como Earth First! en los años 80. Sus acciones incluían la inutilización de maquinaria de tala o la introducción de puntas metálicas en árboles para impedir su explotación comercial. Estas acciones serían una forma de resistencia contra la destrucción ecológica.

En la actualidad, el sabotaje sigue siendo una herramienta de acción directa para diversos movimientos. Algunos ejemplos son Shut the System, que realiza acciones de sabotaje contra infraestructuras y personal de empresas que consideran cómplices de la crisis climática, como vandalizar oficinas de Barclays o cortar cables de fibra óptica de aseguradoras; o Palestine Action, que lleva a cabo acciones directas contra empresas vinculadas al genocidio israelí sobre la población palestina, como la defensa israelí Elbit Systems. En el Estado español, plataformas antituristificación defienden los sabotajes de baja intensidad, como pintadas o el bloqueo de cerraduras, como herramientas legítimas de movilización social. Estos ejemplos evidencian que, aunque las técnicas y los objetivos han cambiado, el sabotaje persiste como una estrategia de confrontación que busca imponer un coste a aquellos que ejercen el poder.

Así, el sabotaje es una forma de acción directa que busca ejercer presión desde abajo, en contraste con la acción política tradicional o la negociación por medio de representantes. Se trata de una herramienta de respuesta ante situaciones en las que los cambios por cauces oficiales, obedeciendo a leyes injustas, no prosperan, por lo que se entenderían agotadas otras vías.
De este modo cabe destacar que suele ser pertinente la acumulación de legitimidad social previa, de manera que pueda ser comprendida la justificación de los medios.

Para la militancia y los movimientos sociales, el sabotaje sigue siendo una herramienta compleja y controvertida. Desde la «retirada de eficiencia» de los trabajadores del IWW hasta los ciberataques y el sabotaje de infraestructuras de los grupos actuales, su esencia permanece: imponer una consecuencia a actores de poder que, de otro modo, son indiferentes al daño que causan.

Es en definitiva un proceso empoderante, que puede devolver dignidad y esperanza frente a la derrota cuando otras vías parecen inútiles. Muestra que el rival, el sistema, es vulnerable, que el poder es, en última instancia, logístico, por lo que será posible bloquearlo.