El 8 de agosto de 1974, hace hoy 51 años, el presidente de los Estados Unidos de América, Richard Nixon, anunciaba en un discurso televisado desde el Despacho Oval su renuncia al cargo, adelantándose al proceso de impeachment. Fue el primer presidente en la historia de ese país en dar ese paso, y el motivo fue el escándalo conocido como Watergate, el famoso caso de espionaje político que puso sobre la mesa el funcionamiento de lo que se suponía una democracia y sacudió los cimientos del sistema estadounidense.
Todo comenzó en la madrugada del 17 de junio de 1972, cuando cinco hombres fueron arrestados por allanar la sede del Comité Nacional Demócrata en el complejo Watergate de Washington. Estos individuos, vinculados al comité de reelección de Nixon, intentaban instalar dispositivos de escucha y robar documentos. La investigación periodística, liderada por Bob Woodward y Carl Bernstein del Washington Post, destapó una trama mucho más extensa que incluía un programa de espionaje y sabotaje contra opositores políticos, así como un posterior encubrimiento orquestado desde la Casa Blanca.
La información crucial llegó a través de un informante anónimo, apodado Garganta Profunda, revelado después como el subdirector del FBI. Sus filtraciones permitieron conectar los puntos y demostrar la implicación directa de colaboradores cercanos a Nixon y la existencia de fondos ilegales para financiar las operaciones, así como la obstrucción a las investigaciones judiciales por parte del presidente. Nixon perdió apoyos políticos y, ante el proceso de destitución, decidió adelantarse y dimitir. El presidente entrante después de él decidió otorgarle un perdón absoluto, por lo que no fue juzgado ni condenado por los hechos, en un claro ejemplo de impunidad política.
Este caso no es el único en el que se emplearon informaciones obtenidas de manera ilícita para influir en procesos políticos, en los que se pone de manifiesto la impunidad estructural de las personas que encarnan el poder: ejemplos más recientes pueden verse en el Hondurasgate, con la híbrida actual entre operaciones de desinformación e injerencia estadounidense sobre la que hablamos recientemente; o Cambridge Analytica, con la explotación sistemática de datos personales para manipular la opinión pública, sin rendición de cuentas.
El Watergate es un ejemplo paradigmático del cual aprender sobre la necesidad de garantizar mecanismos de transparencia, también a ejercer desde la ciudadanía, como son las filtraciones anónimas. Junto con otros casos, muestra que la impunidad política es algo estructural y funcional al poder, frente a lo cual luchar y plantar cara es un deber democrático.