¡Ganar el  relato!. Manual para combatir el discurso de ultraderecha. (III). ¿Cuál  es la psicología de las personas de Ultraderecha?
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La ultraderecha es más que una ideología política. Detrás de sus discursos, símbolos y rituales, existe una estructura psicológica profunda que conecta las vulnerabilidades individuales con las dinámicas colectivas. Comprender este perfil no es un proceso teórico sino un elemento central para poder hacer frente a su discurso.

Tejer un retrato coherente y multidimensional de las personas de ultraderecha se hará aquí apoyándose de nuevo en la literatura que sirvió para definir la psicología fascista, ya que la base psicoemocional es la misma pues se basa en una fragilidad organizada, una personalidad que proyecta hacia el exterior su incapacidad para soportar la complejidad y la incertidumbre.

La persona de ultraderecha entonces no es fuerte: es frágil. Su aparente dureza, agresividad y/o seguridad son únicamente una defensa contra profundas vulnerabilidades. Su necesidad de orden, pureza y autoridad no hace más que reflejar una enorme incapacidad para soportar y gestionar la complejidad, la incertidumbre y la diferencia. Así, la persona con esta posición no nace con una mirada de la realidad ultraderechista, simplemente es una persona que se siente amenazada. Se siente insegura y frágil en el plano de la identidad, por lo que se autopercibe como susceptible de ser erosionada o modificada por fuerzas externas. Esa percepción de vulnerabilidad, a veces real, a veces imaginada, activa la búsqueda de procesos o personas capaces de «proteger» la identidad colectiva y «ordenar» la sociedad misma.

Así pues, las características psicológicas esenciales de las personas de ultraderecha se pueden definir alrededor de 5 dimensiones:

Dimensión Cognitiva

El pensamiento ultraderechista, como sucede con el pensamiento religioso o mágico, se caracteriza por una simplificación extrema de la realidad. Opera mediante categorías binarias y excluyentes: bien/mal, puro/impuro, amigo/enemigo… Esta visión elimina matices y complejidades, ofreciendo un mundo controlable, claro y predecible. Cualquier situación que escape a su esquema es vivida de manera amenazante y angustiante puesto que su perfil se caracteriza por la baja tolerancia a la ambigüedad.

Siguiendo esta misma línea de búsqueda de alejamiento de la incertidumbre aparece otra pieza clave: el antiintelectualismo. Se desconfía de las personas expertas, científicas y académicas porque el conocimiento crítico, los hechos y las explicaciones complejas alejan a la persona de la construcción narrativa simplista. La otra cara de la misma moneda son las teorías de la conspiración, pues ofrecen explicaciones sencillas para problemas complejos, atribuyendo los «males» o «problemas» a grupos reducidos (a veces ocultos, a veces no) que atacan, agreden o conspiran contra el «pueblo». De este modo, la persona consigue que el mundo se haga comprensible y controlable, aunque sea a través de una «ficción».

Dimensión Emocional

La emoción fundamental que mueve a la persona de ultraderecha es la ansiedad ante la complejidad. La diversidad cultural, los cambios sociales, las explicaciones teóricas elaboradas o la incertidumbre del futuro generan una inseguridad y un malestar profundos. Esta angustia encuentra alivio en la nostalgia, en las narrativas «cerradas» que miran hacia «atrás», que idealizan un pasado mítico en el que el orden y la identidad del grupo eran supuestamente incuestionables.

La persona de ultraderecha experimenta un miedo intenso a todo aquello que es diferente. La «otredad» (inmigrante, disidente, LGTBIQ+…) la percibe como una amenaza directa a la identidad y a la supervivencia misma del grupo. Esta percepción de amenaza justifica la agresividad y la exclusión contra todas aquellas personas o colectivos que no sigan el «camino que se debe» y que suele justificarse con adjetivos como «normal» y «natural».

La necesidad de certeza es casi «patológica», pues lo contrario implica un incremento del miedo y la inseguridad, y si por algo se caracteriza este perfil es por una baja capacidad de gestión y tolerancia a la frustración. La duda, la ambivalencia y la complejidad emocional son insoportables. Podría decirse que la ideología de ultraderecha funciona como una especie de «ansiolítico», pues ofrece respuestas absolutas y cerradas, al tiempo que brinda una narrativa coherente que contrarresta y elimina la angustia de la incertidumbre.

Dimensión Relacional

Como en el resto de dimensiones, la necesidad de seguridad y eliminación de incertidumbre provoca que la persona de ultraderecha sea una persona gregaria con una relación de sumisión incondicional a la autoridad. El líder es idealizado como infalible, y además custodia la verdad de manera absoluta y encarna a la nación misma. Por eso, el/la ultraderechista no solo respeta al líder, sino que lo idolatra, y está dispuesto a defender cualquiera de sus acciones sin cuestionamiento.

La empatía es altamente selectiva, pues solo se reconocen las emociones, y la humanidad misma, de las personas que forman parte del grupo propio. El resto de personas se ven a través de estereotipos y prejuicios y son deshumanizadas o convertidas en bestias, por lo que se elimina la ambivalencia moral y permite emplear la violencia sin ningún tipo de remordimiento ni límite.

La concepción binaria de la realidad hace que la persona de ultraderecha dependa de la construcción de un enemigo para existir. En su percepción, sin un «ellos» que ameace, el «nosotros» pierde su razón de ser. El enemigo cumple funciones esenciales: da sentido a la identidad colectiva, justifica la agresión como autodefensa y, sobre todo, externaliza la responsabilidad y evita la autocrítica y el pensamiento introspectivo. Culpar al otro es más fácil que enfrentarse a las propias carencias y a procesos de análisis profundo.

Dimensión Conductual

Para la persona de ultraderecha, la violencia es glorificada como una expresión legítima y necesaria. Además de ser un instrumento cultural y político de control social, la violencia también es una válvula de escape a través de la que canalizar la ira, la frustración y el resentimiento acumulados. La agresión otorga una identidad («soy fuerte porque puedo destruir») reforzando el sentimiento de pertenencia al grupo, al tiempo que se defiende a este («tengo que ser violento con quien intenta agredirnos»). Este patrón de comportamiento no hace más que reflejar las dificultades que tiene en la regulación emocional y la tendencia a externalizar el malestar hacia grupos considerados enemigos.

Intrínsecamente relacionada con la violencia está la obsesión por la pureza, que se manifiesta a través de políticas de exclusión racial, cultural y moral. El miedo a la «contaminación» de la sociedad por elementos extraños (físicos, culturales, morales…) justifica el control, la represión e incluso la eliminación. En ese contexto es el líder quien promete restaurar el orden eliminando esas amenazas percibidas, ofreciendo una sensación de control y seguridad que compensa la vulnerabilidad interna.

Dimensión Estructural

Como expuso Bataille sobre el fascismo, la ultraderecha articula una alianza entre fuerzas heterogéneas y homogéneas. La sociedad homogénea es la productiva, basada en la utilidad, la racionalidad y el dinero, que resuelve todo a través de normas y acuerdos. Por otra parte están las fuerzas heterogéneas, que son las que la sociedad moderna reprime (violencia, irracionalidad, pulsiones y defensa de lo sagrado).

Esta alianza entre fuerzas heterogéneas y homogéneas que configura la ultraderecha sirve al Estado para construir una autoridad incondicional situada por encima de la utilidad y la razón. El rechazo de la racionalidad y la utilidad como valores supremos se sustituye por la exaltación de la fuerza, la voluntad y la soberanía. Es una forma de poder que usa la fuerza irracional de la masa (que toda sociedad reprime), la pone al servicio del Estado (que configura un orden homogéneo) a través de una autoridad absoluta (que no necesita justificación) y acaba destruyéndolo todo (porque no tiene frenos internos).