¡Ganar el  relato!. Manual para combatir el discurso de ultraderecha. (V). ¿Por qué  las personas se tiran en masa por el precipicio?
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Este texto forma parte de los contenidos que tendrá el primer libro de ECOAR))) y que saldrá a la venta a finales del presente año 2026. ¡Ganar el relato! Manual para combatir el discurso de ultraderecha.

Quizás una de las preguntas que más solemos hacernos cuando reflexionamos sobre los períodos sociales en los que crece la ultraderecha es: «¿Cómo puede ser que la sociedad permita e incluso apoye un proceso en el que la ultraderecha gane poder si va a ir en su contra?»; o lo que es lo mismo: «¿Cómo puede ser que una persona tome una decisión que claramente la va a perjudicar?».

En primer lugar, debería hablarse del grupo que Gramsci denominó «los/las indiferentes». El autor sardo decía que «la indiferencia actúa con fuerza en la historia. Actúa pasivamente, pero actúa. Es la fatalidad, aquello con lo que no se puede contar […]; es la materia bruta que se rebela contra la inteligencia y la estrangula. Lo que acontece, el mal que cae sobre todos […] no se debe tanto a la iniciativa de los pocos que trabajan como a la indiferencia, al absentismo de los muchos.». Pero, ¿por qué se produce esta indiferencia? El concepto importante que puede ayudar a comprender este fenómeno es el de indefensión aprendida. Las personas aprenden a comportarse de forma pasiva y sumisa, dejando de intentar escapar o evitar situaciones adversas, cuando asumen que no tienen ningún control sobre la situación, por lo que dejan de actuar incluso cuando existen oportunidades reales de cambiar su destino. Así pues, en un contexto en el que la ultraderecha crece, va a haber un grupo de personas que entiendan el proceso como inevitable y del que no tienen salida ni escapatoria, por lo que su respuesta va a ser totalmente adaptativa. Las personas aceptan e interiorizan la sumisión pasiva y normalizan la opresión, incluso cuando surgen oportunidades de cambio. En esa situación, la ultraderecha no necesita vigilar en cada esquina, pues la ciudadanía ya tiene la policía dentro de su cabeza.

Relacionado con este grupo de personas, pero en un rol diferente, se encontrarían aquellas personas que, como afirmó Hannah Arendt, en este contexto se someten a la autoridad. El experimento de Milgram demostró que las personas comunes son capaces de infligir daño grave a otras simplemente por obediencia a una figura de autoridad percibida como legítima, incluso cuando sus acciones contradicen sus propios valores morales. En un contexto de fortaleza de la ultraderecha, este fenómeno explica cómo la ciudadanía colabora activa o pasivamente en atrocidades (acoso, agresión, detenciones, delaciones, deportaciones, ejecuciones…) sin necesidad de que exista una maldad intrínseca en los individuos. El mecanismo clave es la transferencia de la responsabilidad moral: el sujeto obedece porque se percibe a sí mismo como una mera «engranaje» que ejecuta órdenes, como un «medio», mientras que la figura de autoridad (el líder, el partido, el Estado) asume la responsabilidad última por las consecuencias. Así pues, la persona ejecuta lo que sea preciso porque la autoridad es la responsable de lo que ella haga.

El segundo grupo a abordar es aquel grupo de personas que facilitan la instalación del discurso o sistema de la ultraderecha, a través de procesos de irreflexión que no hacen más que facilitar y reforzar esa posición. A esta cuestión intentó responder Carlo M. Cipolla en un breve ensayo satírico titulado «Allegro ma non troppo» (1988), donde va a establecer la teoría de la estupidez humana. En esta, Cipolla propone una teoría formal sobre la estupidez como fuerza social con leyes propias, casi matemáticas, y donde establece una matriz en la que clasifica a las personas según dos variables: el beneficio que obtienen para sí mismas y el daño/beneficio que causan a los demás, por lo que clasifica a las personas en cuatro tipos:

  • Inteligente: se beneficia a sí mismo/a y beneficia a otros/as.

  • Malvado/a: se beneficia a sí mismo/a pero causa daño a otros/as.

  • Ingenuo/a: pierde o se causa daño a sí mismo/a pero beneficia a otros/as.

  • Estúpido/a: causa daño a otros/as y, además, sale perdiendo, se causa daño a sí mismo/a o no obtiene beneficio alguno.

Así pues, para Cipolla, la persona estúpida es aquella que perjudica a otra sin obtener provecho propio, y a menudo incluso asumiendo costes y propiciándose daños. Las personas estúpidas son un problema superior a las malvadas, porque las personas malvadas buscan el beneficio propio independientemente del daño que causan a los demás, pero su base de comportamiento es racional (analizan, planifican…). Sin embargo, la base de la estupidez no es falta de inteligencia, sino un comportamiento total y absolutamente irracional, un comportamiento, por tanto, que viola la lógica del interés propio y del daño al otro. Según Cipolla, las personas inteligentes pueden defenderse de las malvadas puesto que su comportamiento es lógico y, por tanto, puede predecirse, pero la estupidez se basa en la irracionalidad y, en consecuencia, es imposible predecirla, por lo que la mejor manera de abordarla es identificarla a tiempo y alejarse, porque intentar razonar con ella resulta inútil.

Esta idea ya había sido tratada y establecida con anterioridad por Dietrich Bonhoeffer. El teólogo luterano alemán escribió sobre la estupidez mientras estaba prisionero de los nazis, poco antes de ser ejecutado. Bonhoeffer también distingue entre maldad y estupidez. La persona malvada actúa con intención consciente de hacer daño; por lo tanto, se guía por las pautas de la lógica y la racionalidad, así que, como es predecible, puede ser combatida con la razón y la fuerza. La persona estúpida, en cambio, es mucho más peligrosa porque no es consciente de su propia y extrema irracionalidad. La estupidez, según Bonhoeffer, no es algo innato, sino un defecto ético y social: surge cuando la persona renuncia a ejercer su juicio crítico y se somete acríticamente a autoridades, ideologías, consignas colectivas o a la masa misma.

Siguiendo esta misma línea, Bonhoeffer advierte que, ante un sistema totalitario, la estupidez masiva se convierte en un arma de dominación más eficaz que la propia violencia, porque hace que las víctimas colaboren con su propio sometimiento, convencidas de que actúan de manera correcta.